En dos o tres ocasiones a lo largo del ciclo, la generación celebra reuniones formales de lectura en las que participan todos sus miembros: se trata no sólo de un ejercicio de confrontación del propio trabajo ante un público habituado a la crítica, sino de un acto de reconocimiento mutuo. En las lecturas la generación se descubre a sí misma: encuentra puentes de diálogo, afinidades profundas, divergencias fructíferas. Una de las fortalezas principales del Programa de Formación de Jóvenes Escritores es el contacto cotidiano entre pares: se lee, se critica, se discute; se sopesa, se comparte, se refuta. El involucramiento con cada texto, la confrontación respetuosa, la lealtad crítica que un escritor le debe a otro escritor son compromisos implícitos que cada generación asume consigo misma. Si bien provisionales, sujetos a toda suerte de cambios, los textos leídos en estas ocasiones son fruto no sólo del trabajo individual, sino de ese compromiso común que trasciende lo propio de cada género. A continuación, fragmentos del material presentado.
Aurora. Será que este corsé está muy apretado. ¿Ya viste las montañas al fondo? No me había fijado en su forma, una parece un hombre hincado.
Nana. ¿Ya comiste algo?
Aurora. Me siento perfectamente bien. Y la de junto podría ser una mujer, si te fijas bien ahí está su cabeza.
Nana. Sí, es Ofelia, la princesa que quiso huir.
Aurora. ¿Quiso huir?
Nana. Quiso irse del reino, y se convirtió en piedra.
Aurora. ¿En serio?
Nana. Es una leyenda, quién sabe cuánto de verdad hay en una leyenda.
Aurora. ¿Y entonces el que está junto?
Nana. Junto está su príncipe, que no la quería dejar ir, fue tras ella y corrió con la misma suerte.
Aurora. (Suspira) ¿Te imaginas?
Nana. Tú no tienes que imaginar, tu príncipe va a llegar pronto.
Aurora. No, no eso, sino…
Nana. A ver déjame ver: ya recobraste el color…
Aurora. El príncipe (ríe) eso le pasa por perseguir princesas.
Nana. Deja ya de ver esa ventana, me das la sensación de ser pajarito en jaula.
Aurora. Y ser pájaro, irme de aquí.
Nana. Tú no puedes irte de aquí, eres la princesa.
Aurora. Y poder ir a donde quiera.
Nana. Yo soy la nana de la princesa, tampoco puedo irme de aquí.
Aurora. Quiero que no seas mi nana, quiero no tener nana.
Nana. ¿Y qué más quieres?
Aurora. Quiero silencio, que su voz no retumbe más en mi cabeza, que el cuarto donde estoy pueda vaciarse, y yo con él.
Nana. Tú no lo sabes, pero el silencio es un lugar frío y áspero, lo quieres porque no lo conoces.
Aurora. Quiero conocerlo.
Nana. Da gracias porque no lo has hecho. Porque estás en un lugar donde eso no existe.
Aurora. No quiero estar aquí, quiero estar donde el silencio habite, donde huir de él sea mi decisión.
Nana. Pero estás aquí, en ningún otro lado. Eres la princesa y ninguna otra cosa.
Aurora. ¿Y si yo me convierto en viento?
Nana. Entonces cerraré la ventana.
Aurora. ¿Y si me convierto en agua?
Nana. Pondré trancas al arroyo.
Aurora. ¿Y si me convierto en lluvia?
Nana. Lloverías aquí mismo en el jardín, y yo te recolectaría en un jarrón y todo seguiría igual.
Aurora. Entonces seré tormenta, para llover en otro lado, lejos.
Nana. (…)
Aurora. ¿Y si me convierto en nube?
Nana. Entonces yo me convertiría en rayo, para romperte y traerte de vuelta.
Aurora. ¿Y si me convierto en grillo?
Nana. Entonces yo me convertiría en rana.
Aurora. ¿En qué te quieres convertir tú, Nana?
Nana. En nada, yo soy lo que soy y siempre lo seré.
Aurora. Pero ¿Y si no tiene que ser así? ¿Y si de verdad pueden ser las cosas de otro modo?
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
[...]
Leonor Enríquez
Lizzie Borden
–Lizzie Borden un hacha tomó
–Ella era, es… amable con los niños, cariñosa, atenta…
–De todas las maestras del colegio, Lizzie Borden es la consentida de los niños.
–Llega puntual, todos los días puntual. El cabello recogido, con un delicado listón negro. Todas le decimos: “suéltate el cabello Lizzie”. Y es que tiene una hermosa cabellera rubia, pero es muy tímida.
–Debimos sospechar.
–Antes de ir a la escuela, muy de mañana, todas las frías mañanas, está en la Iglesia arrodillada y reza.
–Lizzie reza.
–Reza y canta.
–¿Canta?
–Muy quedo, sólo para ella, una melodía que va… ¿no te acuerdas? Lo hace todo el tiempo.
–Pero muy quedo.
–Sí, porque es muy tímida, por eso esconde su blonda cabellera y su mirada oscura.
–Oscura y tranquila.
–Y murmura con su vocecita:
–“Buenos días”.
–“Buenas tardes” dice, con este tono dulce, dulce como el olor de su madre…
–Seria como el semblante de su padre.
–Una familia feliz.
–Honorable y feliz.
–Decente y feliz.
–“Abby, Abby Borden… Creo en Dios y en mi marido. Me gusta tomar el té con mis amigas. Tuve suerte, les confirmo todo el tiempo para que no se sientan mal por estar aún solteras, tuve suerte de encontrar un buen marido, un marido honorable”.
–“Andrew Borden. Empresario. No, por supuesto que no. Dios se complace por mi prosperidad. Él y yo creemos en curar la pobreza”
–Pero, Lizzie Borden un hacha tomó…
–Nos pareció muy extraño que no llegara al Colegio, siempre fue muy puntual.
–Muy puntual y tan amable…
–Por eso la fueron a buscar…
–Lizzie Borden un hacha tomó cuarenta golpes a su madre le dio
–Habíamos entrado a tropel a su casa, subimos desesperadas por las escaleras angostas…
–Y el olor…
–Ese maldito olor…
–Me detuve, tuve que sentarme en los escalones, y cubrirme con el encaje de mi vestido para no vomitar, y entonces la vi…
–Me acerqué como hipnotizada y rogué a Dios que no fuera cierto…
–¿Qué es esto que piso? Este charco hediondo y oscuro…
–Pisé su sangre, había trozos de su cabeza desparramados, sus cabellos como gajos de fruta terrible…
–Quise gritar pero vomité… “perdón”, le pedí a la muerta, por manchar su piso de madera, su sangre y su cabeza…
–Y la dejamos ahí.
–Como la habíamos encontrado.
–Arrodillada.
–Sometida.
–Suplicando perdón.
–¡Grité!
–Bajamos apresuradas y ahí estaba la mucama mirando pasmada.
–“No está dormido”, dijo.
–Lizzie Borden un hacha tomó cuarenta golpes a su madre le dio Y cuando lo que había hecho miró …
–¿Por qué gritas?
–No grito, aúllo de terror… Otra vez ese olor…
–¿Dónde vamos a tomar el té ahora? Si la sala no es más blanca, si todo huele a…
–¿A qué huele la sangre?
–Nadie toma el té en una sala que huele a sangre.
–No quiero mirar, pero tengo que acercarme. Recorro temblorosa sus labios fríos, “Díos mío, conozco a este hombre”. Cierro los ojos y pido perdón: “sólo fue una vez”. Sólo una vez para recordarlo siempre. Sólo una vez después de que enviudó y antes de que se volviera a casar. Ni siquiera le hablaba de tú, a ese hombre prohibido que penetraba en todos mis sueños…
–Lizzie Borden un hacha tomó, cuarenta golpes a su madre le dio Y cuando lo que había hecho miró… cuarenta y un hachazos a su padre asestó.
–“Lizzie niña ¿dónde estás?... ¡A tus amados padres acaban de matar!”
–Pero no estaba la inocente Lizzie.
–La virginal Lizzie.
–El pueblo entero temió lo peor.
–“¿Dónde está Lizzie?”
–“¡En la iglesia! ¡Está en la iglesia!”.
–“¿Lizzie?”
–“¿Qué pasa?”
–“No responde”.
–“¿Qué hace?”.
–Mira al frente y reza…
–“Lizzie… tus padres…”
–Su hermana Emma la tomaba del brazo.
–A la dulce Elizabeth Borden, nuestra Lizzie.
–Ella sabía…
–“Crimen atroz: venerable ciudadano y esposa son muertos a hachazos en su hogar”
–El pueblo entero sofocó la casa de Andrew Borden.
–Donde la familia había vivido tan dichosa hasta… ¿O no?
–Pasaron uno, dos, tres días.
–El calor nos agobiaba a todos, pero ninguno iba a desistir.
–¿Quién en nuestro pueblo pudo cometer semejante villanía?
–Todos teníamos una coartada.
–Nadie tenía una razón...
[...]
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Gibrán Portela
Alaska
[...]
Miguel camina hacia una de las cajas grandes y la acuesta para que puedan sentarse. Martina camina lentamente hacia donde está Miguel, ambos se sientan, comen un helado. Duran un rato en silencio, disfrutan su helado. Sonidos de pajaritos.
Martina. Dijiste que no te gustaba el helado.
Miguel. Hace mu. Mucho que no comía.
Martina. ¿No te da asco?
Miguel. ¿El helado?
Martina. Yo. ¿No te doy asco? ¿No te da asco mi olor? No tienes que aguantar eso... Me puedes decir y puedo alejarme unos metros.
Miguel. M.Me. Me gusta el olor.
Martina. No me tienes que decir mentiras, debes pensar que soy una loca obsesiva del repelente para mosquitos.
Miguel. No. No pienso nada.
Martina. ¿Eres tonto?
Miguel. ¿Qué?
Martina. Si no piensas nada es que eres muy tonto, los tontos no piensan nada.
Miguel. Me gusta el olor del repelente porque. Porque me recuerda a Veracruz.
Martina. ¿Eres de Veracruz?
Miguel. No.
Martina. Debes haber vivido algo bueno allá.
Miguel. Nunca he ido a Veracruz. Pero, no sé por qué, creo que. Que Veracruz huele a repelente. Son, cosas que… Que no puedes explicar muy bien.
Martina. Si te interesa, me tengo que poner repelente porque soy alérgica a los piquetes de mosco. Si me pican los moscos se me hincha la cara como una pelota roja. De niña me picaban mucho y siempre andaba llena de ronchas, la gente me veía feo, les daba asco... Ahora también les doy asco… Tal vez estoy destinada a dar asco. Por donde quiera que lo veas.
Miguel. A mí nunca me ha picado un mosquito.
Martina. A todo el mundo le ha picado un mosco alguna vez en su vida.
Miguel. A mí no.
Martina. Oye y... ¿Qué te pasó en la mano?
Miguel. ¿Me invitaste a salir para preguntarme eso?
Martina. No me tienes que decir, pero para qué hacer como si no me importara. Yo te conté lo de los mosquitos, tal vez no te interesaba, pero no creas que me tienes que decir, no importa. Pero me molestan las personas que hacen como si no pasara nada. Es una idiotez, pero no tienes que decirme nada de eso, ni nada de nada, si no quieres. Podemos hablar de cualquier cosa. De películas por ejemplo. La verdad hace mucho que no voy al cine…
Miguel. En Alaska.
Martina. ¿Alaska?
Miguel. Perdí mi mano en Alaska, en un barco.
Martina. ¿En un crucero?
Miguel. Pescando. Ba. Bacalao.
Martina. No me gusta el bacalao.
Miguel. A mí tampoco me gusta.
Martina. Tampoco te gusta el helado.
Miguel. Sólo el de fresa.
Martina. Lo pediste de limón.
Ríen.
Martina. Así que eras pescador. ¿Te mordió la mano un bacalao?
Ríen.
Miguel. En el barco, se metió agua en mi guante, se... Se me congeló.
Martina lo toma de la prótesis, se sonríen. Miran el paisaje, se miran. Miguel agacha la mirada, Martina le da un besito en la boca. Miguel se pone nervioso.
Miguel. Ma.Martina. Un. Un. Fa. Favor. No. No me preguntes Nada más de mi pasado.
Martina. ¿Por qué?
Miguel. Por favor.
Martina se recarga en su hombro.
[...]
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
José Aurelio Vargas
Título en proceso
Leto sentado en el centro del escenario. Efebo toca en la flauta una melodía. Efebo termina su melodía y sale; al salir, se topa de frente con Faena; cruzan una mirada y siguen su camino. Extrañas figuras, a manera de tatuaje, adornan el cuerpo de Faena.
1
Faena. Mírame a los ojos.
Leto. Sé lo que vas a decirme.
Faena.Ahora que aún puedes… No hay oídos que él no muerda y envenene. Será tu ruina.
Leto. Baja la voz.
Faena. Ese hombre provoca la ira de tu gente sin pronunciar palabra ni empuñar espada. Ahora que aún puedes…
Leto. Acércate. Ponte al alcance de mis labios.
Faena. A veces pienso que muy pronto olvidas el placer que mi cercanía te ofrece.
Leto. No lo olvido…
Faena. ¿A dónde vas? ¿Su majestad se marcha?
Leto. Estoy cansado de permanecer sentado…
Faena. El trono… donde su majestad descansa y se desgarra. Temor de que al verlo vacío cualquiera venga y se siente. Cualquiera de tus hombres lo ocuparía con gusto. Ahora mismo yo podría sentarme en tu silla y hacer que me coronen. Mírame.
Leto. Siéntate. No me interesa.
Faena. Anda, siéntate en mis piernas. Descansa.
Leto. Por piedad, Faena, que no tengo tiempo para tus estupideces…
Faena. ¿Busca algo o alguien, su majestad?
Leto. ¿Dónde está la escolta que debe acompañarte?
Faena. ¿La sombra? Duerme.
Leto. Esa mujer nunca duerme. No debes salir de tus habitaciones sin que te siga a donde quiera que vayas.
Faena. La vieja duerme… Ahora que puede…Recostada en el frío suelo y separada la cabeza del cuerpo la distancia que cubren tres pasos. Su sangre aún tibia…
Leto. ¡Por los dioses, Faena!
Faena. ¡Suéltame! Yo no he hecho nada.
Leto. ¡La cabeza de la custodia! ¡Hagan traer la cabeza de la custodia!
Entra Vasallo.
Vasallo. Su majestad.
Leto. Hagan traer la cabeza de la custodia. ¡Quiero ver su cabeza a mis pies!
Vasallo. ¿Majestad?
Leto. ¡Ahora! ¡Hagan traer la cabeza de la custodia!
Sale Vasallo.
Faena. Gracias, su majestad.
Leto. Suficientes problemas tengo como para tener que lidiar…
Faena. ¿Puedo sentarme?
Leto. ¿En mis piernas?
Faena. Nunca te ha molestado.
Leto. No, permanece de pie. ¿Cómo sucedió?
Faena. No me siento bien. Necesito sentarme.
Leto. ¿Otra vez mareos y nausea?
Faena. Su majestad miente. No es eso.
Leto. No olvides, Faena, el poco trabajo que me cuesta hacer que las ideas rueden.
Faena. Nunca lo olvido. No te enfades. Cuando desperté, su garganta ensangrentada me dio la bienvenida.
Leto. Siéntate.
Silencio.
Faena. ¿Qué sucedería con aquél que al tratar de apresar mi mano entre las suyas, borrara las líneas de mi cuerpo?
Leto. Todos lo saben. Sin duda, un hombre imprudente, encontraría la muerte en el filo de mi espada.
Faena. ¿Tu propia espada te mostrará la muerte?
[...]
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Ensayo
Pablo Duarte
Furias
"Son las espías de la mente." Ruth Padel, A quienes los dioses destruyen
Al culpable le siguen la huella de la sangre: son tres mujeres de cabellos serpentinos que escuchan lo mismo que escuchó el dios del Génesis. Desde la antigüedad que alojamos en el embrollo de neuronas del cerebro más reptil sabemos de su presencia. Las Furias, difíciles de apaciguar, eran una especie de policía secreta de los dioses. Hijas de la herida que emasculó a Urano, las tres fueron y han sido siempre fieles a lo tajante, a los filos y al dolor interminable. Iban y venían, vedadas para los ojos inocentes, de culpable en culpable. Sólo a ellos, a los que traicionan la palabra prometida, a los que sangran de muerte a sus parientes o ultrajan el honor de sus huéspedes, les está reservada la visita de esas tres mujeres insumisas. Agazapadas bajo la tierra, las anima sólo ese rumor que también escuchó el monotelita por antonomasia ––si es que la religión obliga a su lider a ser también el primer fiel. Demandante como tenía que serlo, el dios del Génesis increpa a Caín al advertir la ausencia de su hermano Abel: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mi desde la tierra.” Esa voz, enlodada y sucia se convierte en un hilo que ata al culpable con el lugar exacto de la culpa. Esa voz, espesa y palpitante, es la que fustiga también a las tres hermanas. Esa voz contiene ya el castigo: “errante y extranjero serás en la tierra.” Para salvar el descrédito de las fantasías podría decirse en otras palabras que al percibir la oxidación de la sangre en el ambiente, como un predador, el dios del génesis o las paganas Furias interceden a nombre del herido. Un asunto de delación por bioquímica: una molécula de sangre es suficiente para convocar la ira hecha palabra, la venganza a seis manos. No sólo eso. Es claro que el enfado divino está del lado del caído. Una molécula de sangre en el ambiente basta para que el caído se convierta en tres mujeres implacables. Y aunque el avistamiento es suficiente para saber que uno es presa ya de la locura, la locura que antecede a la muerte, el único camino para el culpable es el aislamiento, la evasión, la huida. Inicia entonces una persecución con final ya conocido. El culpable no podrá lavarse de los ojos la picazón que le provocan los escurrimientos de la marca original sobre la frente. No podrá dejar de ver la imagen acechante de mujeres enfundadas en horrores. Degradado y solo, el que huye está a merced de sus visiones. Siente el látigo y la puya, y persiste en buscar el prometido fin del mundo, o en enmendar lo cometido, dar los pasos suficientes hasta llegar al encuentro con si mismo antes del crimen. Y se consumirá lentamente; perderá la cordura y al momento de caer sobre la tierra, por las operaciones de una secreta termodinámica de la retribución, su sangre equilibrará la concentración de moléculas en el ambiente, y la palabra que maldice se alejará como un eco de tres furias que se extinguen. En un glosario de términos helénicos, al definir a las Erinas ––apelativo de la triada de mujeres que los Romanos después llamaron Furias–– se advierte: “Muchas veces se las confunde con las Euménides”. El origen de este equívoco se halla en la última parte de la trilogía más famosa de Esquilo. Ahí la efervescencia de las Erinas es apaciguada por intercesión de la diosa Atenea y esa instintiva costumbre de perseguir a los culpables deja su lugar al abogado defensor, fiscal y al jurado que deliberan bajo el auspicio de las apaciguadas semidiosas de la buena mente. Acalladas, civilizadas, se quiso hacer creer a los culpables que a partir de entonces su sentencia sería dictada por un coro de voces sin aspavientos. Capas y capas de neuronas sepultan aquella nudosa convicción; capas y capas de neuronas interconectadas de forma cada vez más compleja para decirnos que la venganza es un vestigio de nuestra primera humanidad. Como sucede con las tradiciones envejecidas, las Furias en su estado original ––ejecutoras y voraces–– siguen ahí y sólo han recibido una capa de vergüenza. El rencor es censurable por principio y la venganza un arte soterrado que se relata no sin cierto dejo de perversidad. De aquel furor enloquecido queda el murmullo un tanto culposo y otro tanto suficiente de quienes enumeran sus hazañas retributivas. De las persecuciones, antes dignas de dramas y elegías, ahora queda un confuso jaloneo de agravios y contraagravios irresueltos, de enconos que se portan como aretes y una generalizada, aunque lánguida, convicción sobre la inmoralidad de la venganza. Las Furias, antiguas deidades de prosapia, son sólo tres ancianas caídas en desgracia, nostálgicas y amargas asiladas por que se han vuelto un estorbo. Hace más de cinco siglos, cuando apenas se empezaba a representar la perspectiva, y la línea del planeta hacía del Atlántico, cascada, dos hombres se enfrentaron a muerte sin que uno de ellos lo supiera. El más notable de los dos, por todo lo que sabemos, probablemente nunca otorgó demasiada importancia al otro. Marcel Schwob, escribe del ignorado en una de sus Vidas Imaginarias: “Cecco Angiolieri nació lleno de rencor en Siena el mismo día que Dante Alighieri en Florencia.” Poco habría sospechado su padre comerciante el odio que Cecco le profesaba desde niño; tal vez consideraría que el semblante agrio del pequeño era una virtud en floración; pensó tal vez, una promesa de tenacidad incomparable. Llegados los quince años, cuenta Schwob, “reclamó su parte de la fortuna, como si el viejo Angiolieri hubiera muerto. Se enojó ante la negativa y abandonó la casa paterna.” Cecco sí era excepcional de nacimiento: conoció antes que muchos cómo se respira cuando se odia; entendió lo que desde entonces ya languidecía; que para envidiar como es debido hay que practicarlo con ahínco. Abandonó la casa antes de que su padre lo echara. Hizo de sí un Caín ya criminal y perseguido antes que un pusilánime Adán sin rebelión. Anduvo las leguas que separan Siena de Florencia y durante el trayecto “no dejó de quejarse a los viandantes y al cielo”. Estoy seguro que el rencor infantil que conocía, durante el viaje, como una voz de mujer madura y terrible, le fue dictando las líneas del soneto más hiriente y más honesto que le ha sobrevivido: “Buscaría a mi padre, de ser la muerte/Pero, siendo vida, de él me escaparía.” Cecco, allá por el final del siglo XIII, se hizo ruinas, envidia, fugitivo antes del crimen. Al saber de la muerte de Beatrice a la distancia y padecer en carne propia el desamor por ignorado, “Cecco imitó el dolor de Dante”. Con esta frase Schwob sentencia al italiano, lo hace caber perfectamente en el retrato del envidioso. Huye sin que ningún acto le remuerda la conciencia y sus rencores vueltos envidia cruda son tan calculados y precisos como la emulación más indistinguible. Será que el envidioso se sabe incapaz de desollar al otro por completo y sin embargo, no puede dejar de intentarlo; será que la maldición de la envidia comienza con la empatía. Cecco, huido, alojado en el hogar y en la caridad de un zapatero extraño, se reconocía a sí mismo como poeta. A pesar de haber intentado otros oficios ––practicó la agitación política, fue mediocre y cayó en la carcel varias veces; ingresó a un monasterio, adoptó el nombre de Frate Arrigo y “al final, se cansó de alimentar su rencor en la inacción”–– él, como el nefando Dante de sus tormentos, era poeta. Depuso la quijada y enfrentó al odiado con sus armas. Importa poco cómo termina la historia de Cecco y su padre y el inalcanzable Dante. Lo que importa es reconocer en la monomanía del envidioso aquel pulso, como de gargantas ya gastadas, como de oraciones mal pronunciadas por el desuso, que le llenó la boca durante toda la vida. No tuvo empacho en escribir sus odios llanos, en gritarlos, en correr a casa de su padre en cuanto escuchó la muerte de este; a arrasar con las arcas y abotagarse del deseo cumplido. Practicó la envidia con furia. Fúrico. Quizá recordar por hoy a Cecco Angiolieri sin mencionar demasiado a Dante sea hacerle juego a su locura.
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Guillermo Espinosa Estrada
De la stand-up comedy: la fe de una generación narcisista
En el 1236 de Massachussets Avenue, en los altos de un merendero de comida china, funciona un sórdido local llamado The Comedy Studio. Se trata del club de stand-up comedy más célebre de Cambridge, y probablemente de toda Nueva Inglaterra. En él, noche a noche, una curiosa secta se reúne para celebrar, ante la imagen del Dios Narciso, su YO de forma báquica y apoteósica. Exceso de comida, alcohol y carcajadas corre parejo a la stand-up comedy routine, ceremonia axial de esta congregación denominada como “neo-narcisista”. Es este fenómeno escénico, entendido como discurso, lo que mejor explica los principios de tan particular cofradía. Boston, cuna de puritanos, es una ciudad aséptica donde uno podría caminar durante días y no toparse con una prostituta. Mas el recato es engañoso: para apreciar un strip-tease al más puro estilo protestante basta con asistir a una de las sesiones neo-narcisistas en The Comedy Studio. Allí, cada noche se celebra un strip-tease pero sin desnudos, aunque lo apreciable en sus ceremonias no deje de ser obsceno: el rito neo-narcisista consta, principalmente, de la revelación de lo no revelable, es decir, de lo obsceno, de lo que debería quedar “fuera de escena”, oculto. En torno a esta trasgresión elaboran sus principios y mitología. Además, es a partir de este strip-tease que emerge su rezo. No hace falta recordar que “strip” es desnudarse, pero “tease” no sólo es excitación sexual: antes es broma, chiste, guasa. El strip-tease es, entonces, para los neo-narcisistas, el desnudo de la persona a través de la comedia. Este es su credo máximo, y la risa que emerge de la representación, su plegaria. Cada noche la stand-up comedy routine es ejecutada por un stand-up comedian, y ésta puede ser política, de espectáculos, de minorías sexuales o raciales, puede abordar la crítica social y los medios de comunicación, pero, en realidad, a toda ella sólo le incumbe un tema: el YO. Mis problemas, mis traumas, mis frustraciones, mis ilusiones, mis deseos: la letanía autocomplaciente de un YO pusilánime que va conformando, en masoquista exhibición, un sermón pagano. El stand-up comedian devela uno a uno sus fracasos, sus fobias e ineptitudes para que la multitud recurra, invariablemente, a la explosión de una risa que está muy cercana al llanto. No es común, pero de repente en The Comedy Studio ocurre lo que Chesterton le exigía a todo buen humorista: hacer que la carcajada se nos congele en el rostro y se convierta en mueca. Es entonces cuando en el rito neo-narcisista empieza la catarsis, la terapia de grupo, los electrochoques: porque tú también eres ese tipo solo, que no para con sus manías, ese yo timorato incapaz de comprometerse con alguien, con nada, y lo peor de todo, ese tipo vacío que de tan vacío no puede reírse más que de su propio fracaso. En el umbral de The Comedy Studio está grabado en piedra el siguiente versículo del Santo Evangelio según San Seinfeld:
"Jerry –dijo su chica– tienes que abrirte para que yo pueda ver lo que hay en tu interior…" "Estoy abierto, cariño –respondió Seinfeld–, lo que pasa es que no hay nada dentro…"
El neo-narcisista, al leer lo anterior, ríe como quien se persigna, porque sabe que no hay cosa más triste que identificarse con ese Dios que, abandonado, le hace muecas al espejo para no darse cuenta de que está terriblemente vacío. En el altar de The Comedy Studio es necesario que desaparezca la cuarta pared dramática, pero en ciertos momentos la rutina se convierte en ventana doble a través de la cual vemos la ceremonia y, al mismo tiempo, nos vemos reflejados. El que está arriba del escenario es el stand-up comedian pero también nosotros. Y si esa noche la rutina es convincente, si se predica un buen sermón, es posible que, al final del strip-tease, la que termine desnuda y tiritante sea nuestra triste, pálida sombra. Voy a The Comedy Studio, otra vez, porque un amigo es el “cómico residente”. Durante todo el mes abrirá las presentaciones con una rutina que paulatinamente se irá depurando, afilando, dice él, aunque la chamba es dura. La risa es un músculo que, como los glúteos, se afirma con el ejercicio. Nadie se ríe con el primer cómico, y el último, haciendo gestos, puede volver loca una audiencia. La única diferencia entre el primero y el último son los ocho cómicos que, cada uno en la medida de sus capacidades, han ido ampliando nuestro umbral de la risa. Es terrible ser el cómico residente, pero así se empieza. Al final hasta los espectadores quieren ser chistosos.
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Alejandro García Abreu
Peristilo
Yo no soy nada, en el sentido de que ‘todo es vanidad’; pero soy la nada creadora, la nada de la que saco todo. Max Stirner
Fernando Pessoa se entregó a su vocación total de escritor, y para ello renunció a casi todo. Su voz múltiple le proporcionaría la única realidad posible. El estremecimiento del pasado, el corazón oprimido y la indolencia de la acción acotan al individuo. El poeta se desconoce, analiza paciente y expresivamente los modos de desconocernos, exalta —según palabras del propio Pessoa— el "consciente registro de la inconsciencia de nuestras conciencias, la metafísica de las sombras autónomas, la poesía del crepúsculo de la desilusión". A través de la dispersión y la fragmentación de la subjetividad poética el dilatador de fronteras ostentó la estética del permanente aplazamiento que sufre el deseo. No persiguió la gloria inmediata ni el reconocimiento personal, aunque aspiraba a la posteridad. En 1915, Pessoa escribió a su amigo Armando Cortes Rodrigues: "Tener una acción sobre la humanidad, contribuir con todo el poder de mi esfuerzo a la civilización, se viene convirtiendo en los graves y pesados fines de mi vida. Y así, hacer arte me parece cada vez más importante cosa, más terrible misión: un deber que he de cumplir arduamente, monásticamente, sin desviar los ojos del fin creador-de-civilización de toda obra artística». En la inminencia de la desintegración, el poeta concibió un proyecto colosal regido por una conciencia poética fragmentada. Ante el vacío se potencia la literatura: su obra lo llama a la vida, que lo destina a su obra. Experimenta la sutil alegría del ensueño y la intensa desesperación de existir. La conciencia dramática del yo y la soledad se descomponen y se recrean a través de las múltiples figuras de la galaxia heteronímica. Entre claros de luna, sensaciones veladas y perennes mareas, Fernando Pessoa desdobla su personalidad. Memoria y saudade, cosas que nunca fueron, historias de hombres y de soles, concurren en una ruptura del ser. La fragmentación deviene en autoconciencia. Álvaro de Campos afirma en Lisbon Revisited: "somos nosotros todos los Yo que aquí viví o vivieron, / una serie de perlas-entes ligadas por un hilo-memoria». Conocerse es errar, y así cada personalidad se confronta con «el oráculo que dijo ‘conócete’." La vida de Pessoa transcurrió rodeada por una niebla compuesta de sombras, ausencias, abandono e indolencia. De la incuria surge el tono desalentador. En la obra del portugués hay extenuación y negación, hay resplandores eternos y exaltaciones minimizadas. "Fernando Pessoa, propiamente dicho, no existe", dijo Álvaro de Campos para ahorrarle a Pessoa el esfuerzo y la congoja de vivir. Y para ahorrarse el esfuerzo de organizar y publicar lo que de más rico hay en su prosa —dice Richard Zenith—, Pessoa inventó el Libro del desasosiego, que, propiamente hablando, nunca existió, ni nunca podrá existir. Lo que tenemos no es un libro —continúa Zenith— "sino su negación y subversión, el libro en potencia, el libro en plena ruina, el libro-sueño, el libro-desesperación, el anti-libro, más allá de toda literatura. Lo que tenemos en esas páginas es el genio de Pessoa en su punto más alto". Dar integridad al libro, constituir un todo con sus partes integrantes, es intentar establecer un cuerpo indisoluble del que sólo se conoce la expresión fragmentada. La sucesión cotidiana de fragmentos indica la evolución no programática del corpus. Su carácter es de obra inconclusa, de obra en proceso, perenne, en movimiento perpetuo. Y en el centro de ese universo se sitúa la «tendencia orgánica y constante a la despersonalización y la simulación». El Libro del desasosiego es la piedra angular del concepto de la fragmentación. Esparcido en múltiples sombras temáticas, sin barreras que las separen, el libro sugiere nexos y contrastes. Su condición sugiere la yuxtaposición. El sistema cobra un matiz homogéneo en la medida de lo posible en ese universo fragmentado. Dispersión y tensión, dice Octavio Paz. "Comprendo en intervalos no conectados" escribió Álvaro de Campos, para luego indicar: "Y en cada fatídico fragmento sólo veo un fragmento de mí, /¡un fragmento de ti y de mí!... ". Pessoa es Lisboa y Tajo y todo. Ante la fluidez de límites entre la realidad y la apariencia Pessoa es, sobre todo, los 27 543 documentos manuscritos o dactilografiados que constituyen el legado de sus originales, acumulados en el baúl de los inéditos. Fernando Pessoa, en cuanto obra literaria, es una progresión de corrientes poéticas; en cuanto poeta, es la serie de hombres contrapuestos y distantes en que cada vida se ofrenda y se resiste a permanecer inseparable, apegada a un solo fin, a una sola persona, recuerda Campos Pámpano. La heteronimia es la huella explícita del poeta que personificó, como nadie, la sentencia de Rimbaud: "Porque Yo es otro." Pessoa es el maestro de la propia reinvención. Los alcances de su obra nunca se agotan en un solo itinerario. El enorme trabajo de sentir ilumina todo, en constante estado de expectación. Hay un refugio en el sueño, dolor en el pensamiento. La obra de Pessoa es la sombra lírica de una imagen enaltecida, es la reafirmación de la soledad, de una personalidad contemplativa.
Presentación de un proyecto de mayor envergadura, con título en preparación.
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Verónica Gerber Bicecci
Papiroflexia
[...]
I guess I wanted to really throw myself into metaphor, almost become a metaphor Let’s face it, once a writer, always a writer, se decía constantemente [el artista plástico Vito Aconcci], y en la insistencia su voz hacía un ritmo raro con la frase, hasta que terminó por perder el sentido del enunciado. The page as field, pensaba; la página, ese amplísimo paisaje que vemos al sobrevolar las afueras de una ciudad nevada, cada una de sus parcelas definidas ahora por diversas tonalidades de blanco. La página, una dimensión de la actividad. Well, if I’m writing, it doesn’t necessarily have to be on the page, seguía. Y es que había empezado a distanciarse de sus textos en las lecturas de poesía, convirtiéndolas en un acontecimiento -caminaba desde el fondo del salón hasta el frente leyendo una palabra con cada paso. Una forma de juntar las superficies de su cuerpo, del papel y de las palabras. My poems were already performances: the page is a field over which I as writer and then you as reader, travel. Fue esa mañana, mientras repetía su perorata convertida en un gruñido cuando se miró al espejo: ensayó un golpe a su imagen, desesperado por atravesarla como había intentado atravesar la hoja de papel con su pluma; bailaba frente al cristal como un boxeador esquivándose a sí mismo. Golpeó la superficie plana de mercurio subido en un ring que no era más que su propio reflejo, pensando en la escritura como un fracaso, rotundo como el sonido sordo de su puño. Golpeó hasta que el espejo terminó por romperse. Quedó frente a la pared desnuda, blanca y lisa, otra vez la superficie del papel. (See Through, 1970, super 8, 5 minutos, color, silente). Su cuerpo se había convertido en un plano: la piel, como las hojas, es una lámina delgada de fibras. Su cuerpo en acción tenía que deslizarse en el espacio como la pluma lo hace en palabras. Peleó entonces contra su propia sombra proyectada en una esquina. Dibujó y escribió con cada oscilación una palabra de desaliento en el aire. Cada gancho no era más que el envés opaco de sí mismo. El box de sombra un monólogo inocuo. Vito, sin interlocutor alguno, había empezado un nuevo proyecto: escribir fuera de la hoja de papel. (The Relationship Studies, shadow-play, 1970, super 8, 15 minutos, silente).
I turn my body into a place No era la hoja en blanco lo que lo aterraba sino las palabras, su intersticio vacío de objetos, su tiempo desdibujado, la forma en que duelen en el pensamiento, esas costras transparentes. Lo volvía loco pensar en las imágenes que producen en la cabeza, en su poder premonitorio. Había sido atrapado por cada nueva novela que leía. Todas, sin excepción, le sucedían en primera persona. ¿Cuándo dejar de escribir la novela y convertirse en el personaje? ¿Cómo? ¿Cuántas veces más se resistiría a leer la última página por miedo a dejar esa vida paralela que lo mantenía funcionando, aunque ausente, en el mundo de los vivos? Vito se encontraba en esta disyuntiva. No quería planear ni leer más historias, deseaba profundamente que su escritura fuera un suceso que se desplazara de la imaginación al mundo real. Quería ensayar un impacto certero, rascarse las costras y observar su cuerpo apresurando lo pensado como escritura. Su cuerpo un lugar remoto, lejos del escritor que suele diluirse frente a la pantalla y vivir incierto ante la página, que difícilmente considera algo más que un rectángulo de 21 por 27 centímetros. Así fue como Vito decidió convertirse en la cuartilla silenciosa en la que esquían las palabras. Mordió sus brazos y piernas, sus antebrazos, muslos, codos y rodillas, cualquier superficie de su piel que pudiera alcanzar con su boca. Dejó claramente trazada su dentadura. Entintó las marcas hendidas y estampó cada una en papel. (Trademarks, 1970, activity, photo prints, ink prints). Delinear claramente el límite ambiguo que existe entre un personaje y el que escribe lo había separado de un mundo en el que él también sucedía más allá de su máquina de escribir. Su cuerpo, una superficie incidida, un objeto viable, una palabra pegada al margen retumbando en la hoja de papel; la reflexión de un párrafo en unas cuantas letras. Corría siempre el riesgo del error: convertirse en un personaje ficticio, escribiéndose y desecribiéndose entre cuatro paredes sin pluma ni papel. Preparó agua con jabón en un refractario de vidrio y la agitó con las manos. Mantuvo los ojos bien abiertos. Sumergió un momento su rostro en la mezcla. A pesar del ardor, esperó sin tallarse a que el jabón saliera de sus ojos. Parpadeó repetidamente hasta recuperar la vista. Después trató de meter su puño entero en la boca hasta que se cansó, hasta que le fue imposible abrirla o sostener el puño cerrado. Por último, se paró con la espalda contra la pared y se amarró una venda negra en los ojos. Trató de atrapar, una por una, cada pelota de goma que le era lanzada (Adaptation studies: 2. Soap & Eyes, 3. Hand & Mouth, 1. Blindfolded Catching, 1970, super 8, 3 minutos, silente).
We want to see what happens to a space if you turn it inside out, if we stretch it or if we warp it Aunque su cuerpo era la palabra en la hoja, bailando, luchando, moviéndose, caminando, buscando, la hoja seguía intacta y el espacio de su cuerpo era único e indivisible, no quedaba más que salir, comenzó a planear una serie de construcciones, arquitecturas simples. Según una antigua tradición japonesa, una hoja de papel puede blandirse a partir de un ejercicio de paciencia. El papel va y vuelve marcando líneas, series complejas de dobleces que serán soportes, caminos trazados, laberintos. Paso a paso, perderá su planicie para conformar otra dimensión. Cada doblez, una escritura transparente, inasible. Si su cuerpo fallaba como palabra, quizá el papel podría convertirse en aquello que había buscado. Fueron desapareciendo los performances, se diluyeron los párrafos narrativos en complementos circunstanciales de lugar. Las formas pensadas se aprovecharon de materiales reciclados configuradas primitivamente como casas-coche, carpas, asientos, bancas, paredes extendidas entre pisos, túneles, conectores, puentes. Cada propuesta era una pausa en el ajetreo de la ciudad, un lugar de descanso y espera donde el tiempo se aislaba, burbujas, espacios recuperados del olvido de la ciudad. Estos acercamientos arquitectónicos no eran más que exploraciones en la amplia extensión de la escritura; el resultado de un largo proceso, un ciclo que por fin volvía a encontrar su principio: escribir, accionar lo escrito, ensayar, reflexionar, convertirse en superficie, buscar espacio en el cuerpo y fuera de él, construir objetos como si fueran las cuartillas de un texto, escribir con la hoja fuera de la hoja como la tarea de quien dobla el papel para hacer una casa, de quien escribe la palabra casa y la imagina, de quien dibuja la casa y la construye. La hoja de papel que termina por molerse en cemento, la hoja de papel que viaja del cuaderno al cubo blanco.
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Nydia Pineda de Ávila
El manuscrito y Purusha
[...]
La última noche de mi viaje tuve un sueño agitado y extraño. Un gigante llamado Purusha se derramaba por todo el universo. Tenía mil pies y mil cabezas y tantos ojos que conocía cada rincón del espacio. Era inmortal, esplendoroso, realizado pero inútil. Desde lo alto, yo asistía a su desmembramiento. Del crujido de las llamas nacieron los cantos más antiguos; los pájaros, como figuras de cera, fueron moldeados con la grasa que se derramó de las carnes del coloso mutilado. El sol nació del destello de sus ojos y su mente se convirtió en la luna. Recuerdo haber presenciado cómo los dioses la lanzaron hacia lo lejos, cómo encontró consuelo en la quietud astral y convirtió su orbitar en un mantra incesante. Después nos bendijo con las mareas y las algas, tras naufragar en la arena, crearon un reino nuevo. Observé crustáceos y tortugas naciendo bajo pequeños arbustos al calor de las playas. Entre cada muerte y regeneración, seguí el paulatino crecimiento de los árboles. Una bóveda traslúcida se fue separando de las aguas; la profundidad del mar se fue expandiendo hacia lo alto. Y en el sueño, me vi dirigiendo mi mirada hacia el cielo para contemplar el sol nocturno. Desperté pensando en la luna derviche, en Cyrano que se burlaba de los que creían que era el reino astral de los bienaventurados. Traté de imaginar a Armstrong y a Aldrin recogiendo piedras, tomando fotografías, sorprendiéndose al ver por vez primera un suelo sin polvo, sin aire, sin nubes; a su compañero, Michael Collins que, tras haber dejado a sus dos compañeros en el Mare Tranquilitas, emprendió su viaje alrededor de la luna, solo, en una oscuridad insospechada, durante cuatro días. Son infinitos los motivos que pueden motivar un viaje hacia la mente del gigante de mi sueño. Recordé mi propio vuelo a la luna a través del manuscrito. La calidez de la caligrafía, a diferencia de una hoja impresa, impersonal y conclusa, me había devuelto cierta fe en los procesos vivos de la creación, pero, a pesar de todo, confieso que viajar al origen de una escritura no me enseñó a leer el mundo.
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Romeo Tello A.
Ateografía
[...]
Una de las finezas de Dios es la de asumir y articular las ambivalencias esenciales de la vida humana, en especial aquellas que tienen que ver con nuestra residencia en la tierra y nuestra pertenencia a la especie, es decir, nuestro trato con la realidad y con los otros. Si la realidad nos parece insuficiente y endeble, Dios está ahí para completarla. Si, por el contrario, la encontramos desmesurada e inconmensurable, está ahí Dios para medirla, para contenerla, para explicarla (curiosa manera la que tiene Dios de explicar las cosas: haberlas creado). Dios nos salva del hastío y el vértigo por igual. Sobre cómo Dios nos consuela de la anemia existencial hablaré en otro momento. En este primer ejercicio de ateología, me ocuparé sólo de Sus propiedades como antiácido metafísico. Se repite, incesantemente y por doquier, que los seres humanos perdemos paulatina pero indefectiblemente nuestra capacidad de asombro. Se repite que esto es terrible. A mí me parece que este discurso requiere una sutil pero sustantiva rectificación. No es que perdamos la capacidad de asombro, lo que ocurre es que estandarizamos nuestra capacidad de respuesta ante el asombro, la ajustamos a nuestras expectativas de lo que consideramos real, normal y correcto. Pero nunca dejemos de ser criaturas asombradas. ¿Nos asombra nuestra presencia en el cosmos? ¿Nos asombra la existencia del propio cosmos? Entonces hay Dios. Nos asombra la habencia1 de la materia en el espacio. Nos asombra el imperio absoluto, universal de la materia, es decir, la existencia de todo lo ente. Nos asombra la materia contagiada de cambio, es decir, la materia arrojada al caudal del tiempo. Nos asombra la materia organizada en islas de entropía negativa, es decir, nos asombra la vida. Nos extraña la materia que se asoma al espejo de sí misma y se reconoce, nos asombra la materia consciente de sí misma, es decir, el alma humana, es decir, la materia organizada en su miedo a la muerte. Dios es nuestra intimidad con la Nada. Nuestra mente acepta con mayor facilidad —con mayor ilusión, podríamos decir— el instante previo al big-bang, la Nada anterior a la creación, que el repertorio de la creación misma. Nos cuesta aceptar la habencia de los átomos (y sus sucedáneos, las cosas), la presencia de la materia en el orden de lo real. Vaya, no es que la existencia nos parezca inaceptable per se. Más bien nos resulta inconcebible la falta de un origen primordial, de un punto cero en la cadena de las causas. Están muy bien la tabla periódica y las galanas combinaciones de sus elementos, están muy bien los cinco reinos, las montañas y los valles, están muy bien las mareas cósmicas y las galaxias. Muy bien. ¿Pero por qué está todo eso ahí? ¿Cómo es que hay cosas? ¿Cómo es que hay ser? Y ese cómo, extrañamente, no expresa ni exige un complemento circunstancial de modo, sino más bien uno de causa. Es un cómo que pregunta por un quién, por un antes y un después. ¿Quién sacó al conejo del Ser de la chistera de la Nada? Pero, ¿por qué suponer que había Nada? Estamos enfermos de genealogía y destino, tenemos el árbol genealógico plantado en la cabeza. Dios es nuestra sospecha de la Nada. Más aún, Dios es la consumación de nuestra venganza contra la permanencia de todo menos de nosotros mismos. No sé si una humanidad atea es posible. Cioran dice que mientras quede un solo dios de pie, el hombre no podrá dar por concluida su tarea. Pero Cioran también juzga que un mundo sin Dios sería un mundo sin anhelo y, por lo tanto, sin poesía. Yo intuyo que una comunidad atea sólo puede ser una comunidad justa, y no sé si la especie humana es compatible con esta configuración. Mi única certeza a este respecto es ésta: a pesar de todo, a pesar de ustedes y de mí, a pesar de la maldad y el cariño de los hombres, Dios no existe. Pero esto es sólo el punto de partida.
1 Habencia es a haber como existencia a existir. Habencia es tenencia sin el sujeto que posee. Habencia es el hecho de estar las cosas en el mundo (y el mundo en el universo) (y el universo en sí mismo). Hay flores, hay libros, hay razas, hay sentimientos confusos de amor y desprecio. La habencia es la condición de esos y todos los demás posibles objetos directos del verbo unipersonal haber. Regresar
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Narrativa
Alejandro Arteaga
Galería [novela]
¿Acaso es un sueño? ¿Acaso siempre todo debe parecer un sueño? Siempre las mismas preguntas. ¿Quiere café? Estoy cansado de preguntar. Más bien estoy cansado de que nadie responda. Odio mi vida porque es una vida sin respuestas, vacía, de la que todos se burlan. A mí también me piden respuestas. ¿Usted cree que les respondo? Claro que no. También me burlo. Nadie puede responder nada. Cada respuesta posible es una utopía, cada pregunta es agregarle kilómetros al camino. ¿De qué me sirve volver a lo mismo? Me quejo sin provecho. Ya no quiero quejarme… ¿Me ve bien desde ahí? ¿No quiere que prenda otra vela? A veces creo que esto no es sino un simulacro. ¿Ve mi mano? ¿Ve la palma de mi mano? Compruébeme que esto es real y que si tomo un vaso —este vaso— tomo un vaso de veras… Yo sé que no vino a oír lo que le digo pero, créame, las preguntas vienen de ahí, de esa historia que le voy a contar y que aún no encuentro cómo comenzarla porque las historias no comienzan, nada comienza. Nunca hubo un principio, por lo menos no sabemos de él. Llegamos cuando esto ya había comenzado. Si algo está cerca es el fin, si algo ocurrirá pronto no lo sabremos tampoco. Pero el fin está cerca, ¿no cree? Yo me siento en la orilla de algo, en el borde de un desfiladero. ¿Ha visto en las recientes noches ese brillo rojo en el poniente? ¿Será acaso un aviso? ¿Sí me ve desde ahí? Supongo que trajo cigarros. Aquí el vino sobra pero no los cigarros. Tengo muchas ganas de platicar cosas, pero también, créame, tengo unas ganas grandes de ya no decir nada, de que las cosas se intuyan, las intuyan los que quieren saber algo, los que desean enterarse de algo a través de mí. Porque esa carrera, ese tour desesperado e inútil al lado de Cezav por las carreteras, por los poblados y por las ciudades yo creo que nunca comenzó. ¿Usted me entiende? O sea, usted de repente se lanza a caminar por la calle y decide un itinerario, uno cualquiera, pero pronto comprende que ese itinerario ya lo emprendió alguien más, no hay originalidad en su elección. Así con ese viaje. Éramos un grupo. Trabajábamos haciendo restauración en Berlín, amparados en un instituto fantasma, en las casas viejas de alemanes pudientes. Muebles, pinturas, tapices, cerámica, maderas. Algunas de esas obras contaban treinta años o más con esas averías, desde la Segunda Guerra Mundial o antes, obras que sus dueños escondían por miedo no sé a qué, pero un miedo puro. ¿Ha sentido usted un miedo absoluto, un miedo intenso y sin escapatoria? Supongo eso sentían los dueños; claro, un miedo menor al que sintieron los en verdad desamparados, los empobrecidos, los que siguen persiguiendo y perseguirán siempre. En fin. Reparábamos cuadros del siglo XVII o XVIII con rastros de metralla o fuego o navajas, corregidos, destensados. Repintábamos secciones de murales en grandes salones, remozábamos capiteles de yeso o cantera, reemplazábamos el mármol cuarteado, reconstruíamos fotos, retrabajábamos en ebanistería muebles preciosos. Éramos cinco en ese equipo, si se le puede llamar equipo a esa suma: Vera, que también venía de Checoslovaquia y era experta en los retoques; Auden el Viejo, que no era bueno restaurando nada pero que, además de servirnos de ayudante en todo, nos proveía de excelente hash para sobrevivir las larguísimas noches que ocupábamos en terminar el trabajo (debíamos acabar rápido si deseábamos cobrar); El Personero de la Reina (así le decían, aunque el apodo lo traía de años), un muchacho que era químico, muy dedicado, y que trabajaba como nadie así estuviese ebrio; Cezav, que era un incurable, y yo, que fungía de alguna manera como su jefe. ¿Alguna vez ha trabajado una semana entera sin dormir? Ocasionalmente nosotros lo hacíamos. Eran pocos los recursos y mucha la necesidad. Parecíamos esqueletos: comíamos apenas lo necesario, fumábamos como demonios. Sin dormir, sin comer y fumando uno se acaba muy pronto. Véame si no. Una ocasión me encargaron un trabajo grande y recluté a estos muchachos por medio de los amigos. A Vera ya la conocía. Se alojaba en el mismo edificio que Auden el Viejo. Ella lo trajo y pensé que me causarían problemas tantos adictos. Vera, Auden el Viejo, El Personero, yo: todos adictos. Cezav no necesitaba droga, siempre parecía en éxtasis. No hubo problema o por lo menos no hubo tantos. Cezav llegó de la nada, no recuerdo quién me lo recomendó. Hacía muy buenos trabajos de albañilería y hablaba mucho. Sus ojos de moribundo ponían triste a Vera, aunque entre ellos peleaban demasiado, como niños. Desde ese primer trabajo comenzó a gestarse la amistad entre nosotros, dispares como fuimos, irreconciliables, pero amigos. ¿Alguna vez ha tenido amigos así? Lo importante es que el trabajo salía. Sospecho que Cezav robaba pequeñas cosas de las residencias adonde íbamos a trabajar; sin embargo nadie se quejó. Lo interesante de todo esto es que supimos que Cezav era o había sido una especie de artista subterráneo en Praga. Auden el Viejo me contó que a su vez Cezav, una noche de cervezas, le confió un proyecto que amasaba. Pretendía realizar un rally Berlín-París en un solo auto; un tour poético, decía él. También Vera lo supo. Bueno, ella era poeta, lo sabíamos. Auden el Viejo me lo confió porque Cezav planeaba partir en dos días, y justo en ese momento debíamos comenzar la urgente restauración del plafond de la biblioteca de un político, algo importante. Auden el Viejo pensó que era su deber decírmelo. No quería perder su trabajo pero le agradaba la idea de partir hacia París. Con dinero de sus robos, supongo, Cezav adquirió un Mercedes Benz medio destruido y viejo. Vera estaba invitada y también acudiría. Todo a mis espaldas. ¿No era Cezav un completo imbécil? Iba a dejarme con el trabajo por hacer y sin duda él mismo se proyectaba como la piedra angular de ese trabajo: el plafond era de yeso, su especialidad. Sentí una impotencia bárbara. Endiabladamente enojado permití que llegara la fecha. Y llegó, claro. Toda fecha llega. No me pregunte cómo, no quiero contarlo. No sé si me da pena o rabia, quizá es lo menos importante de contar. Una cauda de sucesos sin sentido. Por la noche de ese día, mejor dicho ya en la madrugada, yo era el cuarto ocupante del Mercedes y me alejaba de Berlín sin importarme nada, contagiado de una locura ingenua, pensando en París y las parisinas… El plan era sencillo pero absurdo: en la cajuela había pintura blanca y negra. Haríamos pintas en puntos estratégicos del camino. Cuando Cezav decía estratégicos quería decir al azar. Cuando hablaba de pintas poéticas quería decir insolencias. Vera no paró de reír hasta Potsdam. Bueno, la euforia se propagaba en el aire (todos reíamos). Fue entonces que yo me sentí estúpido por estar con esos otros estúpidos, por viajar con ellos, por dejarme envolver en sus proyectos de adolescente. Se bajaban en cualquier esquina solitaria, blanqueaban un muro y luego Cezav escribía un verso, sí, un verso. ¿Por qué no hacemos pintas políticas?, les pregunté días después, y Cezav y Vera voltearon a verme con una mirada que me decía lo imbécil que yo era. De un instante a otro dejé de ser el líder de esa jauría.
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Yesenia García
La mujer, la vaca
Arnulfo Sánchez regresó de raspar los magueyes muy temprano. En el camino meditaba que los años no pasan en balde y que él y Josefa se habían hecho viejos. Llegó directo a la cocina, el fogón ya soltaba vapores de las hierbas de olor; se sentó a la mesa para que su mujer le arrimara el desayuno. —Hoy no quiero café Josefa, dame leche —rechazó con el dorso de la mano el jarro caliente. —No hay. —¿Está mala la vaca? —Pos no —el hombre miró a su mujer chasqueando la lengua y entrecerrando los párpados—. Se la llevaron los soldados, dizque andan confiscando animales. —¿Así nomás? ¿Te pagaron algo? —La mujer asintió y luego negó con la cabeza mirando el piso. Arnulfo se ciñó el cinto, se apretó el sombrero; maldijo al ejército, al gobierno y montó su caballo. —¡Cálmate, hombre, da gracias a Dios que no me llevaron a mí! —¿Y a ti pá qué te iban a querer Josefa? ¡Si buscan muchachitas; de pie chiquito, blanco; tú ya estás más vieja que cuatro mulas juntas! El hombre se encaminó al campamento y su mujer le gritó a Chucho, el pastorcillo, que lo siguiera en la mula. Cuando llegaron al álamo se detuvieron. —Si cuando el sol toque la peña no he vuelto, le avisas a la vieja. ¡Y no me llenes de mocos! Un hombre no puede dejar que le quiten sus cosas, si te ven la cara de pendejo una vez, ya te la vieron toda la vida. Apréndete eso. Chucho lo soltó de la camisa y lo miró alejarse, esperó bajo el álamo pensando que el viejo Sánchez no regresaría vivo. Arnulfo, entró al cuartel sin más y preguntó por el capitán, lo llevaron por un patio amplio, donde algunos cuerpos se quemaban al sol, el viejo pensó que eran recién muertos, pues no había olor alguno que ofendiera el aire. —Vengo por mi vaca —no bajó la cara, ni apagó la voz. —Nadie ha venido a reclamar las vacas que hemos "confiscado" —respondió el capitán sin levantarse de su silla. —Pos, esas vacas no tendrán dueño, pero la mía sí. —Ya nos la comimos ¿Cómo ves? —Muy bien, tá bien eso, ahora nomás me pagan lo que vale —el capitán rió. —¿Y si no queremos? —Pos si usté es hombre lo decidimos como hombres. —¿Y si no fuera? —Pos me manda usté matar y total ya ni modo, nomás le avisan a mi vieja. El capitán volvió a reír. —¡Tráiganle su vaca aquí a mi amigo! Trajeron la vaca gorda, todavía rumiando y sonando su campana. Arnulfo se alejó despacio, mecate en mano, vaca rumiante. —¿Le disparo, mi capitán? —No, déjalo ir. Me cae bien el viejito, tiene bien puestos los tanates. —¿Y ahora qué vamos a tragar? —Ve con el notario, saqueas la troje y te traes a su vieja. —El notario...la troje… una vaca alcanzaba para todos. —No se apure sargento, una mujer también.
Vodka y cigarrillos
Estoy sentada frente a mi ventana, en la mecedora, con mi gato viejo sobre las piernas. Ronroneando él y preguntándome yo: ¿cuál será la traducción de "Ne me quitte pas"? La voz de Nina Simone… tan precisa… sin entender en lo mínimo las palabras me estremece. Los labios: impacientes. Se me antoja de pronto un cigarrillo. ¿Qué diablos estoy pensado? Yo no fumo, lo considero neurótico, enfermizo, un pretexto para esconder alguna angustia permanente, un miedo, una debilidad, un… "Ne me quitte pas… Ne me quitte pas… Ne me quitte pas…" Toco mis labios, los rozo despacio con la palma de mi mano; suaves aún, frescos. El gato dormido. Afuera la tarde insoportable a esta hora: 6: 41. Voy por más café, veo la botella de Vodka, no me gusta el Vodka y se me antoja un buen vaso. El piano de Nina, las manos de la Simone barajando mis neuronas, ese nombre de él estrujando mi cerebro. Los silencios. Los espacios negativos de voz en esa canción rompiéndome los oídos, estremeciendo más que mil gritos al unísono. Y sobreviene el recuerdo, como cuando vas a parir: inminente y doloroso. Me escurre ese sudor imaginario de la frente, empujo esos ayeres fuera de mí y se forma un… ¿recuerdo tangible? Pero es peor tenerle frente a frente que escondido en alguna cloaca de mi memoria. 6:49. Un escalofrío me recorre, sienes, cuello, pecho… Y se pierde ahí entre mis piernas. Suspiro. Odio inexistir. Odio existir sólo por recordarle. Iré por ese vaso de vodka, fumaré la cajetilla entera, y… Óyeme bien caricatura de él… ¡No voy a llamarle, no voy dejar que crea que me tiene ahí a su disposición, no le daré la llave!, ¿me oyes? Le he olvidado. Tú, no eres más que la sombra de lo que ya olvidé, no. No. No voy a decirle que… le necesito. No te rías, maldita alucinación, desaparecerás tras mi segundo vaso de vodka y te esfumarás con el humo del primer cigarro, lo verás, pedazo de… Voy a la tienda, una cajetilla de cigarros sin filtro. 7: 27. La mecedora, el humo que se pierde, el gato, Nina; el piano de Nina; los dedos de Nina saltando como lluvia helada sobre mis recuerdos revueltos…mientras mis dedos se resbalan sediciosos bajo mis pantaloncitos ajustados…la botella de Smirnoff hacia la mitad cuando oigo My baby just cares for me. ¡No te burles pedazo de recuerdo! Mejor ayúdame. Despacio, suavecito, diablos, ya deberías de saber cómo. 7: 46. ¡Que no voy a llamarle, que no, no, no! Insisto con mis dedos mientras Nina canta He needs me. El vodka no sabe tan mal y los cigarros sin filtro me encantan. No, no digas nada, así está bien, sólo… No hables. Y no me mires con esos ojos podridos de ayeres. Que no… No voy a llamar. ¿Entiendes? Siete cuarenta y ocho. Siete cuarenta y nueve. Siete, sin cuenta. No pares, no… pares. ¿Oíste eso? —¿Hola? No pongas esa cara. Yo no dije nada sobre si él llamaba primero…
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Paulette Jonguitud Acosta
Novela. Título en proceso
No perdonar, piensa Penélope, de pie en la oscuridad, una media hora antes del amanecer. Las manos en puños, cejas juntas, se concentra en las dos palabras repetidas como oración matutina, deja que el pensamiento le recorra el cuerpo con un temblor nervioso, luego relaja los brazos e inhala el aire frío que entra por la ventana. El cabello teñido de rojo le cae desordenado por la espalda, las manos aún sin joyas, los ojos sin maquillar. Se da tiempo para acostumbrarse a estar sola. Le gusta ese momento en que las sombras comienzan a perder solidez, a moverse, líquidas, por el suelo; es el único trozo de día que dedica a sí misma, entonces el tiempo se le antoja congelado, sin amenaza de posibilidad alguna. Desde el primer piso mira al jardín, al árbol negro recortado contra la barda. Disfruta verlo así, sin el verde y el café cotidianos, sólo poblado por los recuerdos de su hija y sobrinos, cuando niños, precipitándose contra el piso desde alguna rama. Intenta diferenciar el pasto, que en ocasiones amortiguó golpes de la tierra que fracturó piernas, brazos, cabezas. Profundas ojeras son residuos de la reciente separación, demasiado dramática para su gusto, del hombre con quien estuvo casada treinta años. La rabia aún se le enreda en el estómago, la vergüenza por saberse burlada en su casa, su más íntimo dominio, se le amontona en arrugas sobre la frente, y la edad le traiciona con grandes pecas en el dorso de la mano. No perdonar, repite, queriendo suprimir los recuerdos de su esposo, quien tuvo el atrevimiento de enredarse con una de sus sobrinas, la que lleva su nombre, la otra Penélope. Cuatro semanas son muy poco, mamá, es natural que te sientas sola, dijo Agustina, su hija, apenas el día anterior. No me siento sola, es la casa que de pronto tiene eco. Se ha prohibido la tristeza, y en sus horas diurnas casi consigue no pensar, pero en los instantes previos al crepúsculo permite a su mente llevarla en aquella dirección, asignar culpas, odios, resentimientos. Así, desenfocada, se da licencia para recordar los dolores que le quedan, a las personas a quienes se avergüenza de querer, y aquellos a los que quiere sin contemplaciones. El cielo se funde con el límite de su casa, con las hojas, con las construcciones aledañas; apenas parecen indicios de la solidez en la que se transmutarán con el ataque del sol. Sumida en la indefinición, Penélope puede ser joven, reconstruir su figura hasta tener la carne firme: es posible que Agustina siga siendo niña, dormida en su habitación, que los otros cuartos estén ocupados por familiares de paso. En otro tiempo la casa estuvo siempre llena, pero ahora es un caparazón abandonado, exhausto, que parece inquietarse también con la llegada del día, con la vacuidad impuesta por la luz, silencio apenas roto por los ladridos de los perros, únicos tripulantes que no saltaron del barco. Sola, en los minutos que preceden a la mañana, Penélope se gusta, se quiere incluso, parada al margen de sí misma, temerosa del amanecer que incinera todo y precipita actividades, obligaciones. En la oscuridad todo es uniforme, seguro. Después, quién sabe. Después sale el sol, sube el ruido de la ciudad, las sombras se limitan a copiar formas ajenas. La negrura comienza a cuartearse, el alba se anuncia. Con la luz llega, progresiva, la realidad. Entre las ramas, ahora de un incipiente verde, aparece el recordatorio de ir al banco, con el rojo del ladrillo llega la lista de pagos por hacer. Cuando el cielo es naranja, los colores invaden cada objeto, un poco trastornados, aún sin definir su tonalidad permanente; las cortinas se iluminan y el pasto húmedo hace eco del brillo del cielo. Penélope se despide de la penumbra, como quien se aleja de un refugio para internarse en la lluvia, y antes de que el sol salga del todo, entra al baño, enciende la violenta luz, siempre blanca, casi verde. Se desnuda frente al espejo y como le ocurre con frecuencia, casi se sorprende al no encontrar en su imagen a la mujer joven que fue instantes atrás. Examina su cuerpo, audición personal que reprueba día tras día. Comienza la cascada de adjetivos; pies grandes, tobillos sombreados por las várices, muslos y cadera anchos, vientre vasto, senos amedrentados. Un ligero cosquilleo en la ingle le hace bajar la mirada y descubre una mancha verde, medio oculta entre el vello. Parece un lunar, bordes irregulares, afelpado al tacto. Confundida, clava los ojos en aquel punto que parece cubierto por un polvillo gris, luego raspa la superficie con los dedos, pero no hay cambio, la mancha incluso se ve más grande. Abre la regadera y se mete bajo el chorro de agua hirviendo; talla, frota, araña: la mancha no cede. Tras un apresurado baño vuelve a plantarse frente al espejo y vacía inútilmente su arsenal higiénico sobre la huella. Luego ataca al invasor con la lima metálica de un cortaúñas, pero la piel se irrita sin que la mancha desaparezca. La punta del instrumento se atora y le hace un pequeño corte. Sangre con fondo verde. Sujeta contra la herida un algodón empapado en alcohol. Respira a saltos, no es afín a las sorpresas y la última desembocó en el destierro de su marido. Intuye que aquella mancha supone otro cambio y un escalofrío le acaricia la espalda. ¿Y ahora qué?
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Juan Maya
Novela. Título en proceso
—Todo sucedió así, escucha. Una esfera fue penetrada por una gota de lumbre que se perdió en la parte media de ese cuerpo. Pronto se aproximó el Sol porque sintió faltarle esa gota de fuego en su pecho y al mirarla en lo más profundo de esa esfera dirigió la potencia de sus rayos para recuperar lo perdido sin importar que ese planeta estallara por el calor. La Luna se apiadó por la destrucción que el Sol estaba causando en el vientre de la esfera y le envió su bálsamo que era el mar; así la inundó y el Sol no pudo mirar más a la gota de fuego. Clamo al mar como el más fiel testigo de lo que te cuento y a sus olas que cada noche, más las de plenilunio, quieren llegar hasta su madre pues la extrañan. En el fondo de las jóvenes aguas la gota de fuego cristalizó su cuerpo en un ópalo, para resguardar el corazón que aún así se miraba ardiendo dentro del mineral. La sal del mar y la oscuridad desgastaron la pureza del ópalo; sus caras parecían arrugadas y nada de fuego se miraba aunque por dentro siguiera latiendo la llama. Por eso, cuando el Sol entró como un pulpo a hurgar con sus rayos en las profundidades, no reconoció a la gota de fuego confundiéndola con una semilla; pero el ópalo arrugado, al sentir la tibieza de su padre, buscó ser reconocido para regresar y así se hizo bañar por los rayos del Sol y en su imposibilidad por ser visto, el ópalo, que parecía semilla, germinó. Era mucha el ansia de la gota de oro y por ello fue mutando. La semilla germinada comenzó a crecer como un tallo verde y en la punta una tierna hoja despuntó, siempre hacia arriba. Como el tallo tardara mucho en crecer, su hija la hoja quería llevar a la gota de oro a la superficie y de tanto agitarse, se hizo un pez ciego, pues se hallaban muy en lo profundo. El pez ciego, al querer nadar más rápido… —¡Por favor, Diotima, date prisa, que ya escuché los ladridos de los perros, mis seguidores están muy cerca! —Al querer nadar más rápido se hizo anguila y así cada uno de los animales del mar y por fin llegó a la superficie como una ballena, la gota de fuego sintió en la profundidad del cuerpo en que se hallaba, los rayos de su padre con mayor fuerza. La Ballena llegó a la orilla de la tierra que se había formado y no pudo seguir. La gota de fuego sintió pena de volver a la oscuridad del mar y animó la voluntad de la ballena para que muriera en la playa. Voy a terminar ya. La gota de fuego cambió su naturaleza en el afán de llegar un día a la esfera en llamas, aprendió la manera de reproducir el fuego, pues podía acercarse a cualquier cuerpo y abrazarlo en lumbre y salió del cadáver de la ballena como un batallón de minúsculos seres. Los griegos pudieron ver a esos seres que todavía invaden todo el mundo y les llamaron átomos. Esos átomos caminaron hasta la selva y algunos fueron creciendo y así nacieron los distintos habitantes. Luego los átomos que no cejaron en su peregrinaje atravesaron el desierto y el hielo y los valles y para cuando llegaron a la montaña eran hombres pues fue el cuerpo que mejor los acercaba al Sol y uno de esos hombres subió a la cima. Los demás le escucharon decir que había mirado a Dios y lo vieron abrirse el pecho y que una luz ascendió con rumbo al cielo, pero cuando otros hombres quisieron hacer lo mismo, sólo brotó sangre y sintieron dolor. Mis padres dijeron que nuestros ojos se ensuciaron y por eso no miramos ascender la gota de fuego. Mis abuelos dijeron que la cáscara del ópalo sigue en un rincón del mar pero no sé qué signifique esto. Así, pues, Dios es el Sol y no este sol que miras en este cielo. Y el Sol que es Dios espera que una parte de su fuego llegué con tu muerte a su pecho.
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Claudia Reina
Novela. Título en proceso
Supongo que no soy la única persona a la que la literatura le ha arruinado la vida. A mí me ha convertido en un ser enfermo. Esto no quiere decir que antes de consagrarme a ella yo haya sido una persona llena de vitalidad, pero sí era alguien capaz de disfrutar medianamente de la vida. Podía, por ejemplo, salir a pasear por la tarde sin que me aturdiera la angustia por la idea para mi próxima novela o por las críticas injustas que caían sobre mis textos. Ahora estoy arruinado. Vivo dentro de una obsesión sin fin; salgo a la calle y narro mentalmente y sin tregua todo lo que sucede a mi alrededor. No puedo dormir porque mi cabeza no descansa en busca de una historia. Dentro de mí surgen voces que hablan a todas horas y sólo a veces guardan silencio cuando las sumerjo en alcohol. Los libros se han apoderado de mi vida y no sé cómo sacarlos de ella. En otro momento, cuando lo único que deseaba era ser escritor, me zambullía en la ficción y no me importaba tener la cabeza siempre llena de historias y personajes. Pero todo ello fue convirtiéndose en una carga y un castigo. Ahora el mundo imaginario se desborda fuera de mi cuerpo y se vacía en la realidad. Fui yo quien al principio buscó con desesperación la literatura, pero cuando quise dejarla enterró sus dientes en mi piel, no porque yo estuviera destinado a escribir un gran libro, sino porque había adoptado en mí la cualidad de un virus. ¿La ficción no quiere abandonarme? Bien. Ya que no puedo deshacerme de ella, ésta es mi respuesta: no una novela sino la proclamación de mi odio y mi desprecio hacia los escritores. No un libro sino un escupitajo a la escritura.
Desde chico me gustaban las historias; prefería leer que jugar. Mi madre muchas veces me tiró los libros por miedo a que no creciera siendo una persona normal. Creo que le aterraba la idea. A veces, cuando me sorprendía leyendo, se me quedaba mirando un rato como si yo me estuviera convirtiendo en un bicho extraño y tuviera que rescatarme de la metamorfosis que tarde o temprano iba a obrarse en mí. Temía que su hijo no llegara a ser un ciudadano honorable; es decir, un abogado, un doctor, un ingeniero. Por eso a veces se ponía histérica con la idea de estar criando a un hijo idiota y entraba en mi cuarto para arrasar con los libros. Decía que después se lo iba a agradecer. La técnica de mi madre era espiarme. Ahora mismo puedo decir que en cada habitación hizo un imperceptible agujero, pero antes no sabía cómo era capaz de atraparme con tanta eficacia cuando leía un libro. Entraba de improviso al cuarto y lo único que hacía era extender la mano. Yo se lo entregaba y en su rostro duro se dibujaba una tenue sonrisa de triunfo. El siguiente paso era deshojarlo y romperlo frente a mí. Las primeras veces apartaba la vista, pero ella decía: no dejes de mirar. Luego ya no tuvo que recordármelo. Al terminar, tenía que recoger los restos y echarlos a la basura mientras ella me vigilaba. Después siempre decía lo mismo: ve y cava un agujero en el patio. Si tanto te gustan las actividades inútiles yo te daré una más. Leer se convirtió en un acto de rebelión pero más que eso en un acto contra la sangre, porque me hizo odiar a mi madre por tratar de alejarme de lo que me apasionaba. Sepulté su figura bajo una torre de libros y reemplacé el amor que le debía dirigiéndolo hacia las cosas inexistentes e inservibles, ahora me doy cuenta, que pueblan el mundo de la literatura.
Cuaderno de notas: Leía a todas horas, como una máquina; no deseaba otra cosa en el mundo que escribir y para eso primero debía aprender de los otros escritores. Había encontrado mi destino. Estaba orgulloso de ser yo quien escogió el rumbo que iba a llevar mi vida. No fue, como en otros casos, la vida la que se impuso. Sólo ahora me doy cuenta de lo ciego que he sido. Yo no decidí nada. Nadie es libre en este mundo. Así como en un libro, todo está determinado desde antes. He conseguido seguir el hilo en sentido inverso para comprobar que cada una de mis acciones del pasado ha sido manipulada por algo ajeno a mí. Tengo pruebas.
Entro en mi casa. Introduzco hasta el fondo la llave en la ranura de la perilla. Suena clic. El roce con el metal me produce escalofríos. Seré preciso: el roce metálico le produce escalofríos al personaje 0. Es necesario que introduzca con lentitud la llave con el fin de no ocasionar demasiada fricción en el interior de la cerradura. Se pregunta por un instante si dentro de él habrá rechinidos similares a los que surgen cuando un objeto metálico roza a otro. Desconoce la estructura molecular con la que está construido. No le basta lo evidente. Los huesos, la carne, la sangre, no bastan. A veces ha visto con incredulidad en las láminas de las enciclopedias la configuración del cuerpo humano. No es suficiente saber que el esqueleto está formado por 206 huesos ni que posee 650 músculos. Antes le dan deseos de querer comprobarlo. Abrir de un tajo la carne de una extremidad para corroborar que todo está en su sitio. De alguna forma tiene que saber que dentro de él no hay clavos o alambres o trozos de madera. Ha realizado pequeños experimentos con animales. Nada que lo haya convencido de que está frente a un hecho innegable de veracidad de la materia. A veces cazaba en los parques ardillas o pájaros y los abría esperando hallar dentro algo que no estuviera en su sitio. Lo importante aquí es que él pensaba que encontraría, tarde o temprano, la evidencia de que las cosas no eran como las captaba en primera instancia la mente, suponiendo que el problema fuera del mundo y no de él, como más tarde tendrá que comprenderlo.
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Héctor Antonio Sánchez
Crisol [novela]
Umbral Israel abre la puerta y se deja cegar por la luz del mediodía: la blancura deviene pronto una sucesión de formas y colores sin sentido. Sale con premura, cámara al hombro, y atraviesa la calle de tierra. No sale: se queda parado en el portal con una taza de café en la mano. Observa a lo lejos el vapor que al elevarse diluye la nitidez del horizonte. No se decide a abrir; permanece al acecho, la oreja contra la madera, temiendo lo que depare el día. Aquí, dentro de la habitación, la oscuridad apenas se conmueve por un vago canto de cigarras. Adoptan sus zapatos el color del polvo, su piel la temperatura que lo envuelve, su boca la sequía del aire que inhala. Pasa por cuadras desiguales, ve casas de colores vivos (al cabo de los años han cedido a la naturaleza endeble del terreno): algunas se hallan medianamente hundidas; otras, diseñadas con mayor talento, se elevan sobre pilotes y así proyectan una sombra que cobija perros y otras bestias; todas se inclinan sin concierto. A esta hora del día sólo encuentra algunos animales en la calle: un perro sarnoso y uno manchado, un gatillo escuálido. Da un sorbo y se sienta sobre el escalón del pórtico. Una vieja se detiene frente a él y mueve los labios. Balbucea como una tonta. Israel observa su mirada enrojecida y las manos que sostienen un trasto con bolas de tamarindo, en torno al cual revolotean las moscas. Lárguese ya. La vieja maldice. El agua comienza a hervir y él apaga la hornilla; recuerda entonces que no le queda ya café soluble. Truena los labios y se mete al baño: se echa agua fría en la cabeza. Cuida de no mirar su imagen, el rostro tocado por lesiones como una hoja en blanco salpicada por tinta púrpura. O son apenas marcas de acné, o señas consuetudinarias de la delicadeza de su piel –al jabón, al calor, a cualquier agente externo. Lesiones: como las que tenía Jacobo en el pecho la última vez que lo viera. No, marcas: una leve reacción a la crema de afeitar, nada de qué mortificarse. El agua hierve. Cierra los ojos, la cabeza reclinada contra el marco de la puerta, y no advierte el momento en que la taza de aluminio resbala de sus dedos: el interior se esparce sobre la tierra del patio. Contempla sin interés esa amarga oscuridad en el suelo, el traste de metal idéntico al que usaba su abuela para servirle el café por las mañanas, hace cuatro décadas –pensar que luego dejó esta horrenda ciudad por tanto tiempo, que tan lejos lo llevaron las raquíticas extremidades sobre las que apoya ahora las palmas de las manos-, cuando su madre llamaba la atención de la anciana por no agregar ni un sorbo de leche a la bebida de aquel niño de cuatro años. Claro, fue una vez un niño. Cierra los ojos y dormita. No afecta el desvelo sus pasos resueltos, la vía directa que le lleva hacia el extremo de la ciudad. Mira las viviendas e imagina el paisaje de hace medio siglo, jamás visto, llegado a él por las palabras de su madre y otros seres de su generación: otrora fue ésta una región de árboles y pequeñas pozas donde era posible refrescarse en los días más cálidos. Se pregunta cómo estará su madre, hace tanto que nada sabe de ella. Vislumbra ese porvenir seguro donde él no será más, presiente la tristeza de esa niña que se bañaba en la poza, sin sospechar entonces una vejez donde enterraría a su hijo. No, no parece natural dar sepultura a un hijo. No quiere llorar otra vez pensando en eso. Abre la ventana de la estrecha vivienda; la luz toca los objetos y él se acerca al librero. Toma de un estante un par de álbumes fotográficos y una caja metálica de galletas: su interior contiene sobres con más imágenes. Son las pruebas que sufrió, piensa: la estela de papel donde sin sospecharlo grabó sus tribulaciones. En el portal dormita con la boca abierta. Mira los paisajes capturados en latitudes remotas y en instantes diversos de su vida, infecundos signos de su peregrinaje por el mundo; mira las obras intemporales que llegó a contemplar, cuando sintió el cuerpo habitado por el vigor de una pasión ajena; mira los rostros de seres que han vuelto ahora a la tierra, sus facciones para siempre idénticas a un segundo irreversible. Tantos hombres de su generación a los que él ha sobrevivido ¿para qué? Más allá de la ventana, todo resulta carente de misterio. La fatiga lo aturde. Susurra: longtemps, je me suis couché de bonne heure. Siente deseos de ir al baño. Ya se divisa el río a lo lejos. Apura el paso: no quiere perder el mediodía, el momento en que las sombras no se inclinan en dirección alguna. Se pregunta dónde estarán todos. ¿No estaba programado para hoy ese horroroso primer desfile de carnaval? Sólo entonces advierte al muchacho. Reclinado contra un tronco, lo mira impasible con un aura de soledad o de miseria: el pecho descubierto, húmedo de sudor, apenas se estremece al respirar. Israel ve sus pies descalzos, los ojos rasgados y la boca regular ansiosa –parece a punto de pronunciar palabras impostergables–, el cabello lacio y grueso que termina por dar al conjunto un vago aspecto oriental. Su quietud es casi afrentosa, como si armas invisibles lo sujetaran al árbol. Israel gira en su dirección, balancea los brazos, levanta el pie derecho y apoya el peso en su rodilla izquierda, ligeramente flexionada y tensa.
[...]
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Nadia Villafuerte
Novela. Título en proceso
Qué triste no ser el Hombre Araña ¿Te gusta el mar? Éste no. Es frío, gris, y la ciudad le da la espalda, aquí todos nos damos la espalda, ya lo advertiste. Íbamos al embarcadero, sobre todo los viernes. Le gustaba descalzarse aunque el aire y el piso estuvieran helados; y si se acuclillaba en las bancas, sin que uno notara que tenía la mitad del brazo izquierdo, daba la impresión de que era una joven actriz, de ésas histéricas que guardan siempre compostura cinematográfica. Es cierto, es el primer mar al que no me gustaría meterme. Y aún si te metieras en él, no saldrías, no al menos sin la piel quemada por el ácido, quién sabe cuánto de mierda tenga dentro. ¿Cómo era el de allá? Te quemaba. Dime bien. Sólo eso: estabas siempre muy ardiente por el calor, entonces entrabas al agua y el agua te seguía quemando. ¿Y cómo fue lo de la mano? Por un momento tuve la impresión de haber pisado una mina y las partículas de vidrio de una mujer que parecía cristal sucio, iban a astillarme la boca, los ojos, de por sí abiertos, como si estuvieran abiertos siempre a pesar del sueño. Vi, y he aquí el delirio de un hombre atormentado que entiende poco, que a veces dice demasiado o demasiado poco según sea el caso, cómo los edificios allá a lo lejos temblaban ¿o era el parpadeo?; cómo el agua estancada bajo nuestros pies removía sus partículas de espuma y lodo. Tanto miedo de que al mundo se le hiciera una resquebrajadura, una grieta, para que en cambio respondiera con desdén: No lo sé. No te creo. Es la verdad. ¿Por qué habría de mentirte? ¿Por qué tendría qué creerte? Si tanto te interesa puedes hacer un viaje al sur de México para preguntárselo a mi madre. Sería inútil, tampoco ella sabría. La grieta sí se había hecho, después de todo. Y habría querido correr porque es verdad que me da pánico presenciar cómo una fisura tiene la capacidad de restablecer ese silencio al que tanto convocamos, ése que nos deja, quizá no solos sino devueltos a nosotros, cara a cara hacia adentro. Mi madre tiene cáncer, le dije aquella ocasión, la tercera o cuarta que fuimos al embarcadero, después de mucho rato en que caminamos sin darnos cuenta, igual que autómatas acostumbrados a perder la voluntad por cualquier cosa. Ya estaba hablando otra vez, con el remolino de palabras que siempre me han zumbado, moscas alrededor de esta ave carroñera llamada lengua, y lo que decía era quizá sólo una parte de lo que habría querido expresar. Decir, por ejemplo, que yo no debí estar ahí porque no me gustaba mucho el trabajo ni la dependencia a un ser enfermo. Que era mentira eso de ser libre de culpas, no era judío sino un jodido drogadicto expulsado de toda patria. Que me encantaba la idea de ser malo, no el malo porque sí, sino el malo cínico y simpático capaz de hacer atrocidades con estilo. Un atractivo patán, aunque sólo fuera esto que veo frente al espejo, una expansiva vergüenza. Porque simplemente no podía largarme dejando a Madre en cama, y porque tampoco podía hacer lo que ella solicitaba en susurros malolientes: mátame, repetía, yo no puedo hacerlo, seré una suicida y no podré descansar en paz. ¿Por qué carajos no podía actuar como el doctor que ante el dolor va, abre la piel, quita la bala o la entierra en la masa infame del corazón, luego cose la herida, se lava las manos y después se larga a comer una hamburguesa? Pero no. Seres como yo, nos sentimos vulnerables ante los desamparados —por eso no me gustan estas historias— pues me hacen sentir igual o peor, como si ellos fueran un reflejo que no quiero ver y su sola miseria expuesta es suficiente para aterrarme. Y claro que el acto de morir es intransferible, pero el trayecto es compartido, a menos que desees retirarte para hacerlo lejos. Sólo que no. La cara se le comenzó a hinchar como si hubiese sido una alcohólica. Su perfume de antigüedad corroída invadió el cuarto; el cutis amoratado, la maquinaria rebelándose en contra suya: primero fue el estómago pero entonces cualquier cosa podía suceder: que las infecciones no cedieran, que se le cayese un diente, incluso que se derrumbara el exterior, el grifo, la estufa, la puerta. Antes no veía enfermos, después de ella comencé a verlos por todos lados, y en mi locura, creía que la humanidad era un ejército de almas atrofiadas por el cáncer, un gran cáncer viviendo felizmente en el hospital que era la tierra, con sus ríos y sus mares y sus montañas y sus bibliotecas llenas de conocimientos inútiles. Yo, que me sentaba siempre al margen de toda escena y veía transcurrir las horas como si éstas fuesen una película caldufa en technicolor pasando a mi lado, debí atarme de repente a cajas de medicina e inyecciones en el trasero arrugado de Rosy. Quizá el acto de intimidad más grande que tuve con ella estuviera ahí: la necesitaba para entender que el misterio de la vida residía en el horizonte y abismo de su viejo culo, ella me necesitaba quién sabe para qué, y me tenía. Nunca se me preguntó si deseaba hacerlo, simplemente una mala noche mi media hermana Tesa llamó para decir que ya era hora de hacerme cargo. El amor, o lo que fuera que sentía por Madre, lo supe entonces, no tenía historia. Había dejado de verla a los quince años en que me marché para hacer mi propio road movie: pizcador en planicies de algodones, mesero en restaurantes de carretera, bar tender en varios Crowne Paradise, una ruta larga para terminar siendo díler y poeta, ambas actividades infames y sin embargo de edificante vulgaridad. No podía ser una cosa sin la otra: y no me refiero a emular a Basquiat, a los niños terribles burlándose de infancia y destino con cámaras y reflectores, sino a que ser eso constituía una forma de repetir siempre el todo de mí mismo. Repetir que era insistir, aunque no hubiera nada en qué insistir si ya has aceptado la podrida naturaleza de las cosas. Había dejado de verla, insisto, y su llamado fue semejante a un cuadro que existe con tal intensidad y de manera tan plena que no es necesario verlo moverse respecto de otra cosa para saber que está ahí, por encima de tu propia sombra. Aquí estoy, dije. Tesa dio un portazo y se fue. Debió sentir alivio al respirar en la calle; debí, supongo, sentir un poco de afecto por esa desconocida pero no lo tuve: yo, que nunca había poseído fuertes convicciones respecto de nada, y me limitaba a dejar que las cosas fueran como siempre habían sido, porque no había demasiados motivos para torcerlas, me vi de pronto curando heridas que no eran mías.
[...]
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Poesía
Alejandro Albarrán Polanco
EL TURNO DEL NAVEGANTE
Ejerce la crítica:
Javier Mardel
Pensar la mosca
Llevaba yo tres horas-hombre mirando fijamente la ventana. ¿Cómo puede ser sólida la transparencia? ¿Cómo la permanente pulcritud del vidrio puede ensuciarse de reflejos y crepúsculos? En la primera hora aprendí a desechar esta clase de preguntas. La segunda la utilicé para afirmar la convicción de salir. La tercera se me fue planeando el modo. Hice cálculos que poco a poco fueron precisándose. Comprobé la densidad del aire. Repasé con la vista rutas múltiples de escapatoria. Incluso contemplé ciertos factores de interferencia como el rumor periódico del refrigerador o la tensión secreta entre los muros de la casa. En algún momento la ventana dejó de existir. Ya no había cristal. La distancia era apenas un efecto de la física y sólo mediaba una fracción de segundo para iniciar la exploración apasionada de un planeta inédito. Luego no sé qué pasó. Sólo recuerdo sensaciones violentas y difusas, destellos crueles achatándose en mis ojos con la tersura indiferente de un espacio inaccesible. Ignoro cuánto duró aquello. Cuando recobré la conciencia, una forma sin luz, como un símbolo, abrió sus lentas alas a mi lado y con la misma lentitud, aunque sin miedo, hizo salir la casa al mundo sin que la casa abandonara sus cimientos. Pero ya era inútil. Tres días antes, es decir, tres días-mosca, la mosca no sabía –y yo, que lo sé, no sé decírselo– cómo a veces es sólida la transparencia.
Si me llamaras, si hacia el final de cierto sueño, suave y de pronto, apenas perceptible, como el sonido de un cristal al fracturarse, me llamaras, yo dejaría de nombrar las cosas con las que intento diariamente no nombrarte y escombraría el disimulo de estos años para encontrar la última palabra que te dije.
No indagaría las razones. Me bastaría con saber que aún existo en algún punto medio entre mi olvido y tu memoria, donde es palpable todavía lo invisible, donde perduran quirománticas las líneas de una palma cuya mano se ha cerrado ante mis ojos.
Si me llamaras, si tan sólo me llamaras, no esperaría a confirmarlo: borraría, yo borraría de inmediato cada una de las tantas otras voces que me llaman para dejar tu sola voz, tu voz llamándome, llamándome, tal como sé (y sabes tú) que yo me llamo.
No mañana ni el miércoles, pero uno de estos días dejarás la habitación y cerrarás por fuera procurando no hacer ruido.
Antes comprobarás la lentitud de las paredes y la caída lenta, irresponsable, de la ducha;
aprenderás a corregir rincones, cabeceras de arena, cuadros que te acosen tras la atención inerte de otros cuadros.
Afuera –te dirás– prosigue el mundo, mas sólo esperarás que llegue la hora de regresar a tus leones y almenajes.
Olvidarás –no te preocupes– cada noche, cada gajo de noche, cada fibra. Las manos te serán devueltas justo cuando sus huellas se diluyan en la puntual textura de la celda.
Ya habrás visto tu rostro en el espejo, ya sabrás cuánto mide el guardarropa, ya el aroma de tu cuerpo habrá llegado hasta las cuatro orillas de las sábanas.
Y uno de estos días, no mañana ni el miércoles, dejarás para siempre la habitación y cerrarás por fuera procurando no hacer ruido.
Entregarás la llave en la recepción y pedirás que no interrumpan, que te dejen dormir tranquilamente.
Habitación 102, Hotel San Antonio
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Javier Peñalosa
Geometrías
Dime la luz, el paso de las horas, las migraciones diurnas del alma hablan de ti.
Dime los días de primavera, la carrera de los niños en los parques, la distancia puntual y perfecta entre esas manos y las alas de la paloma.
Hemos pasado las mañanas trazando círculos en el suelo, adivinando la geometría de tus señales.
Dime si el mundo es lo que está por decirse.
En esta promesa edificamos nuestro amor.
Carta al hijo
Que tus piernas sean ligeras y tus brazos fuertes, que sea cierto y sea dulce el trabajo que nace de tus manos.
Limpios tus ojos y hondos como en tiempos tus oídos claros se abrirán al ritmo de la música.
Que tu corazón permanezca batiente cuando nadie quede en el campo de batalla.
Que tus movimientos y formas delaten el color de tu alma.
Que tu nombre sea el de todos.
Tu cuerpo cuidará de tu cuerpo; tu espíritu cuida de ti y de nosotros.
Izamiento
Izar una vela, extender un lienzo de blancura que se inflame sin arder ni reventarse. Una vela blanca desplegada contra el fondo azul para avanzar y dividir las aguas al costado derecho, al costado izquierdo.
Y levantar una bandera hacia el punto más alto de la ondulación, llamando la bandera al frente con la fuerza del viento que no sopla en los himnos.
Quiero salir a la calle, con ambas manos levantar sobre mí, un pedazo de tela para navegar entre la multitud; izar un pedazo de tela, un estandarte en blanco por las batallas que no tienen nombre y por la luz ondea en mí.
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Daniel Saldaña París
Resplandece entre las ramas el colibrí espasmódico.
Desciende a las charcas como a su propio centro, a su elemento de imagen reflejada.
Quieto en el aire, el colibrí se bebe a sí mismo y satisface su sed de pertenencia.
Engarzado por el pico a un hermano paralelo, el colibrí se sabe otro y disfruta la preñez del agua,
su oscilación tranquila.
Detenido, el caracol vigila inmensidades.
La tibia desnudez de los magueyes sostiene su peso como una mano sabia y precavida, acostumbrada a la paciencia.
El caracol sabe que las altas dimensiones de los cactus tienen la medida exacta de su amor por los detalles.
El caracol se arrastra.
Tímido, reservado, intuye que la risa de los vencejos habrá de serle siempre ajena:
su reino está fundado en el fulgor prudente.
El piso es la parte que más violentamente me perturba de la casa: gastado, exhibe los detalles de una historia que me incluye, me antecede y predice, implacable, mi partida.
No puedo, en estas condiciones, asumir una actitud de permanencia.
Este es el libro que los temblores y el paso de la gente han ido escribiendo.
Este es el libro de las cosas que pasan.
EL TURNO DEL NAVEGANTE Ejerce la crítica:
Fundación para las Letras Mexicanas
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(55) 5703-0223.
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